Resulta que Lorca no está enterrado donde se suponía que estaban él y sus acompañantes, que se ha gastado dinero en buscar y sacar los restos del poeta cuando se sabía que Lorca seguía vivo en donde siempre ha estado, que es en el corazón de sus lectores y en las bibliotecas.

Ya no hay magia en Alfacar, ni sitio de peregrinación para sus admiradores, ni razones para conservar el terreno y sí grandes dudas que el imaginario popular se encargará de aumentar. ¿Lo fusilaron de verdad? ¿Mintió Ian Gibson o le mintieron a el? ¿Sobrevivió Lorca al último paseíllo?

Se ha roto una ilusión. Suerte que Lorca sigue vivo en sus libros.